Ha concluido una semana laboral enjundiosa. Principalmente, porque casi no he tenido clases, y he podido dedicarme a los textos griegos y latinos de mi tesis. Los estudiantes de Literatura de la universidad todavía andan (más bien debería decir que trepan) por las callejuelas de la sinuosa Guanajuato. Han acudido en tropel a un Congreso Nacional de Estudiantes de Literatura, el tercero que se celebra en México. Algunos, como Jorge o Romelia, no tenían excusa para no leer ponencia, ya que comparten el feo vicio de leer y de escribir, y sobre todo, de pensar en voz alta con sus ejercicios ventrílocuos de blogombligo. No sólo habrán aprovechado para transmitir algo y aprender algo (aunque sea del sabio silencio de las tímidas momias), sino también para pasearse por una ciudad con un embrujo semejante al de Granada o Córdoba; para intercambiar impresiones con otros estudiantes del país; para hacer relajo en las callejoneadas o en cuartos de hotel; y en definitiva, para divertirse con aquellas experiencias no académicas que también comporta la vida universitaria.La idea de un congreso de estudiantes me pareció magnífica desde que oí hablar de ella. Creo que en España no tenemos cosas así, o en mis tiempos no las había. Había congresos para los académicos, y los estudiantitos sólo mirábamos de lejitos a la Jet-set, y si éramos buenos, nos podíamos tomar un vinito entre ellos (no con ellos). Si hemos de besar los pies del nuevo Constructivismo o acuerdo de Bolonia (que en su conjunto detesto a rabiar, pero que contiene grandes aciertos y tendría enormes posibilidades si no se estuviese quedando, apenas recién nacido, en pura palabrería ministerial), qué mejor cosa para la construcción del estudiante que concederle facilidades para investigar, escribir y compartir el fruto de sus inquietudes en congresos o publicaciones. Para que se vayan construyendo los que quieran construirse, que tampoco son todos. Es ahí donde tiene mayor futuro el docente del mañana: en aconsejar, en compartir trucos que enseña la experiencia, en infundir ánimos, en señalar errores de juventud aunque parezcamos viejillos cascarrabias... Muchos dibujarán en su cara una sonrisilla condescendiente y expresarán: "Los estudiantes todavía tienen muuucho que aprender como para andar leyendo sus cositas en congresos". Si algo valioso tienen que aprender todavía los estudiantes, y no lo dudo ni un ápice, poco puede ser de las universidades totémicas, de las escuelas de mandarines (como las llamaba el Cervantes murciano Miguel Espinosa). Aprenderán verdaderamente si tienen amor por el conocimiento, y esto, lo sabemos todos los que hemos pasado por universidades, es algo que no se enseña, pero que se puede estimular si se carga en las tripas. ¿Qué pueden aprender los estudiantes de universidades como la española donde casi nunca se estimula en el estudiante el deseo de investigar, reflexionar y escribir? ¿Qué se puede aprender de algunos profesores que todos tuvimos que parecían bustos funerarios mientras leían unos apuntes redactados a máquina sobre folios completamente ajados y amarillos por el tiempo? ¡Oh, cómo me aburrí yo durante mis años de universitario, sin que casi ningún profesor me pidiese un escrito donde pudiese demostrar con ganas la creatividad que yo creía tener, así como mi interés por la literatura! Aprendí, sí; pero más aprendí huyendo de los profesores y de los pasillos de las universidades para refugiarme en las bibliotecas. Sobre todo cuando mi chulería de no acudir nunca a clase me granjeaba el encono de algún docente receloso y acomplejado. Más aprendí durante la noche cerrada traduciendo a Eurípides cuando tocaba examen de Demóstenes, y a Propercio cuando los legados de César venían a querer perturbarme el gozo. Fui, a mi manera rebelde y tonta que tuve que lamentar en más de una ocasión, alguien que construyó su propio conocimiento. Incompleto y malamente, porque siempre lamentaré aquella anarquía de mi vida, pero mío al fin y al cabo. Conocimiento que sigue en construcción, como el de un estudiante más de los que ahora andan clausurando congreso en Guanajuato e inaugurando esta noche que se llenará de cantinas y de encuentros y despedidas. Deseo que toda la tropa tenga un feliz retorno. Ojalá algo hayan aprendido, aunque sólo sea a embotellar al vacío los mejores momentos de estos días y estas noches de juventud. Un día tendrán que extraer el corcho de esa botella para poder recordarse a sí mismos cuando hayan envejecido sólo un poquito. Algunos de ellos, no lo dudo, serán los próximos maestros, y heredarán la pesada carga de ser considerados por la sociedad los jardineros de los frutales del futuro.

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